
Hola, querido:
Es cierto que hace muchos días ya de tu partida definitiva, y tardíamente reacciono al hecho. También es cierto que no debiera afectarme tanto, pues llegaste a vivir tantos años que, conociéndote como te conozco, estoy segura los últimos te fueron desdichados. Sin embargo, me disculpo con una buena razón: No tenía valor para escribirte la despedida.
Lloraría y ya no disfruto el llanto, vieras. No me sirve, tú debiste saberlo bien, supongo. La vida llega a cansar de tal manera que decides ha sido suficiente y sin embargo… tienes que seguir. Aquellos años mozos, cuando te conocí, quedaron atrás; aunque por supuesto la semilla del amor que germinó en mi mente y corazón leyendo tus novelas, tus poemas y tus cuentos, creció con el tiempo y se convirtió en un frondoso árbol que me dio sombra muchos años.
Cuando nos tomamos juntos aquella taza de café en el restorán, durante la primera visita que hiciste a mi ciudad, no me atreví a decirte cuánto me había enamorado ya de tu literatura, o sea de ti. No lo dije y no te lo hubiera dicho nunca porque no tenía sentido; es un amor que siente muchísima gente igual que yo, tus lectores, todos amigos entrañables, todas enamoradas suspirantes sin que tú lo sepas, sin que lo imagines siquiera.
Ese es uno de los mayores tesoros de la literatura: Pones en ella el corazón cuando la haces, luego tus lectores lo toman y lo hacen suyo. Yo empecé a enamorarme de ti desde mis años muy jóvenes, cuando errabas en el exilio, desde que tu corazón sangraba por tu país, desde que tuviste que abandonar tu entorno físico más entrañable para pregonar por el mundo la injusticia que sufrían tus compatriotas uruguayos.
“La Tregua” me arrancó llanto, como a toda romántica, a pesar de que está narrada con “frialdad” de hombre. Con ese sentimiento soterrado de un hombre maduro que no se confiesa a sí mismo que se muere de amor por una chica joven y escuálida, ni siquiera bonita, pero tan tierna y femenina que es capaz de darle la felicidad más grande de su vida.
Y brincando a “El cumpleaños de Juan Angel”, para no entretener el sentimiento en las demás lecturas y llorar ahora sí, comprendí más tu sentir cuando encarnaste un personaje viril y osado que debe abandonarlo todo y arriesgar la vida para luchar contra la dictadura y la arbitrariedad. Un bien superior que subordina a todos los demás.
Luego, a vivir errante. A llorar por los tuyos, pero desde lejos.
¿Cómo no iba a amarte?
¿Sabes? Traté de demostrar, en mis avatares académicos, que hiciste tus novelas claramente sobre tu cambio interior, de la indecisión y la apatía, al valor convencido de que la justicia social es el bien supremo. Te lo conté frente a aquel café juntos, pero no me entendiste. Estabas demasiado apasionado en tu lucha, haciendo lo que sabías: Escribir, denunciar, hablar, relatar los horrores que se vivían en tu patria.
Y bueno… ya pasó todo. Tu valor y decisión te convirtieron, de un oficinista de gobierno que escribía sus versos y los imprimía a pagos con un amigo, que los vendía en kioscos a consignación para liquidar la edición y hacer el siguiente, en la super nova de los escritores latinoamericanos, que tal vez nunca deseaste llegar a ser, porque, mira… para mí está claro: La fama nunca fue tu meta, ni tu ambición mayor. Tu deseo más profundo fue que tus letras sirvieran para dar consuelo a los demás, para levantar la esperanza.
Es mejor que termine esto. Estoy hurgando demasiado en los recuerdos y no quiero llorar. No quiero llorar…te. Tu vida fue, definitivamente, un sol. Mejor para los demás no pudo ser. Nos diste tanto, tanto a tus lectores, a tus amigos y enamoradas.
Aunque nosotros te dimos sólo admiración que nunca llenó tus anhelos, porque, querido, la Literatura eso es, un limbo de ideales que no resuelve nada, sólo mueve las almas hacia el bien o despierta las conciencias, pero contra el mal y la ambición puede muy poco.
Su único premio es alcanzar y brindar la inmortalidad a quienes la hicieron, como tú, con verdadero amor por la vida y tus semejantes. Así que no has muerto ni morirás ya nunca, a pesar de tus pesares. Descansa en paz, que no lograste liberar a tu patria ni evitar el sufrimiento de los caídos en la lucha, pero dejaste algo más valioso: La constancia de que la Humanidad no está sola: Tiene a sus artistas y pensadores para consolarla y señalarle caminos espirituales que la hagan crecer.